Nació con un síndrome que ni siquiera sabe pronunciar, pero ha logrado lo que pocos creyeron posible: viajar por todo el mundo con su kimono en la maleta.

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Ana nació diferente al resto, pero Ana no es diferente del resto. Al menos, sobre un tatami. El amarillo de su cinturón no es menos amarillo que el de sus compañeros. Tampoco son menos las horas de entrenamiento, la exigencia del maestro o la intensidad de las inmovilizaciones, estrangulaciones, proyecciones o luxaciones que entrena junto a los otros. Nada es diferente, nada es menos porque así lo quieren quienes practican Nihon Tai Jitsu con Ana, la joven que nació sin brazos y que sueña con el cinturón negro.

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Ana llega al polideportivo de Espera, un pequeño pueblo de la sierra de Cádiz, sonriendo y en su silla de ruedas eléctrica. Viste de completo blanco. Camiseta de tirantes, pantalones largos y zapatos de deporte. El único color que se ve es el amarillo de su cinturón, que la certifica en el quinto Kyu de Nihon Tai Jitsu, un arte marcial de origen japonés.Hace sola el camino que va de su casa al centro en el que entrena con otros chicos de la comarca. También iba sola el día que, intrigada, aceptó la invitación del maestro Antonio Pedro Hirch, fundador del club deportivo Anpehi, que integra a personas con todo tipo de discapacidades.

“¿Yo? ¿Karate? ¿Una persona en silla de ruedas y sin brazos?”, pensó. “Creía que no podría hacerlo ni por asomo, jamás de los jamases. Pero…”. Ahí está, tres años después, realizando agarres, luxaciones y proyecciones sobre el tatami, y en su silla de ruedas.

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