El deportista ovetense ha pasado en tres años de quedar tetrapléjico por un accidente en la montaña a disputar en snowboard los Juegos Paralímpicos de Pyeongchang.

Jesús Ortiz / dxtadaptado.com

En la montaña se siente libre disfrutando de su pasión, el snowboard, un deporte que casi le arrebata la vida. Hace tres años, Vic González quedó paralizado de cuello hacia abajo, pero nunca claudicó y se impuso a la adversidad con dosis de esfuerzo y espíritu de lucha. Su afán de superación y voluntad no conocen límites y su perseverancia convirtió sueños en triunfos. No solo logró vencer a la tetraplejía que le habían diagnosticado, sino que volvió a andar y a surfear en la nieve. En unos días estará en Pyeongchang (Corea del Sur) en los Juegos Paralímpicos.

Sus padres le habían inculcado el amor por el deporte, a los cuatro años empezó a esquiar y fue uno de los pioneros del snow en Asturias hace 25 años. Incluso ganó alguna competición nacional y en el año 2000 fundó en Baqueira Beret una escuela llamada Pura Vida School. Pero en febrero de 2015 su vida dio un giro. “Estaba en el Parque Nacional de Aigüestortes realizando un curso de avalanchas, había niebla y choqué con un muro de nieve. Caí de cabeza y me rompí las vértebras C5 y C6 con una invasión medular del 30%”, explica.

Desde el primer momento era consciente de la gravedad. “Noté que mi cuello se había roto, no podía mover mi cuerpo, no sentía ni las piernas ni los brazos. Y encima el rescate fue muy peligroso por las condiciones meteorológicas. El helicóptero no pudo aterrizar y mientras unos compañeros sujetaban los patines del aparato, otros me subieron en brazos. Pensé que moría allí, pero tuve la suerte de que en el grupo estaban dos bomberos, ellos me salvaron”, añade.

Fue trasladado al Hospital Vall d’Hebron, donde le operaron. “El médico me dijo que iba a quedarme tetrapléjico y a mi madre le comentó que fuese adaptando la casa porque viviría postrado en una cama el resto de mi vida”, relata. Tocó fondo y pasó días pensando en la forma de suicidarse: “Es uno de los primeros instintos que te sale ante un hecho tan dramático. No quería ser un lastre para mi familia. Pero me di cuenta de que no podía hacerlo por mí mismo y que nadie me ayudaría”.

Mover un dedo, primer paso

Vic cambió el chip y emprendió su lucha para revertir la situación. “Quería demostrar que se habían equivocado y empecé a darlo todo”, confiesa. El primer paso fue concentrar su energía y pensamientos en mover pies y manos: “Con la música pensaba en mover el dedo gordo del pie como si tocara el piano”. Estuvo 20 días intentándolo hasta que obró el milagro. “Ahí le prometí a mi madre que iba a ir a unos Juegos Paralímpicos. Los médicos insistían en que aceptara mi problema, pero no estaba dispuesto a rendirme”, asegura.

Comenzó así una ardua y lenta rehabilitación que se convirtió en una obsesión. Iba a los turnos de mañana y de tarde, se negaba a estar tumbado y aprovechaba las visitas de sus amigos y familiares para intentar andar por los pasillos. Se ponía parches de electroestimulación e incluso adquirió un taca-taca que guardaba debajo de la cama. Todo ello a escondidas de los médicos.

“Están acostumbrados a que la gente se queje, pero yo parecía un niño pequeño, me llamaban siempre la atención porque no paraba quieto. En los hospitales tenía mi propia partida de ajedrez para engañarlos a todos y hacer lo máximo posible”, confiesa. “En el Hospital Huca de Oviedo les mentía diciendo que hacía ciertas cosas como lavarme. Para llegar al baño me agarraba a cualquier cosa y tardaba en asearme tres horas, pero para mí eso era rehabilitarme”, sostiene.

Tras un año ingresado salió sin fuerzas en los brazos ni para darle a las ruedas de la silla. Continuó trabajando en su casa, en dobles sesiones en el hospital y con el fisioterapeuta Elisardo de la Torre, atleta olímpico en Atlanta 96. “No lo intentes, hazlo”, fue la frase que más le repitió y Vic se la grabó en su cabeza. “Me cambió la vida, fue el único que creyó en mí. Me dijo que volvería a la montaña para hacer snowboard y aquello me dio alas”, recuerda.

Regreso al snowboard

Y superó su segunda etapa: caminar. “Costó trabajo y fue muy duro. Mucha gente está en silla de ruedas porque se creyeron ese primer diagnóstico y se quedan lamentándose en lugar de pelear. Estoy en una cruzada para ayudar a personas con lesiones medulares incompletas. Con tenacidad, actitud y un entorno que te apoye, seguro que caminarían”, insiste.

A los dos años del accidente se subió de nuevo a una tabla de snow. “La primera vez no podía abrocharme la cazadora ni las botas. Hice una bajada de unos 200 metros muy despacio y cuando acabé me tiré al suelo y lloré de ilusión”, cuenta. El ovetense no puede correr ni caminar rápido, pero se desliza por la nieve a más de 70 kilómetros por hora. “Tengo falta de coordinación, de equilibrio y de resistencia, así como poca destreza en las manos. Por dentro mi cuerpo es como el de una persona de 80 años”, apunta.

En unos días cumplirá la promesa que le hizo a su madre cuando estaba en la cama del hospital. Tras sus buenos resultados en la Copa del Mundo, logró el billete para los Juegos Paralímpicos. “Me ha costado mucho, han sido duros entrenamientos, he llorado, he tenido que superar frustraciones… Ahora sueño con hacerlo bien y pelear por una medalla. Aunque mi objetivo es que mi experiencia pueda servirles de ejemplo a personas con lesiones medulares, transmitirles energía suficiente para que lo intenten”, apostilla Vic, el ‘rider’ con voluntad de hierro.

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