La operación de un tumor benigno cuando tenía 13 años cambió la vida de este chiclanero, que se ha convertido en una de las promesas del triatlón paralímpico.

Jesús Ortiz / dxtadaptado.com

“Una buena actitud es la clave del éxito” es la frase que se convirtió en el leitmotiv de José Manuel Quintero cuando un fallo médico hizo que con solo 13 años quedara en silla de ruedas por una lesión medular. Se agarró al deporte para superar el varapalo y con tesón, perseverancia y dosis de positividad ahora es una de las promesas del triatlón paralímpico. En unos días cumplirá uno de sus objetivos, disputar su primer Europeo.

“El camino para lograr la plaza ha sido duro, estoy con mucha ilusión, con ganas de aprender y de ver dónde está mi nivel en una competición tan importante. El año pasado me clasifiqué, pero por falta de apoyos económicos no pude asistir, así que me he quitado una espinita clavada. Me hubiese gustado prepararme más, pero este año he tenido que compaginar deporte con los estudios de Administración y Dirección de Empresa en la Universidad”, explica el andaluz, que figura entre los 17 mejores del ranking mundial en su categoría.

En Tartu (Estonia) se medirá a triatletas más curtidos, pero Quintero es un deportista que nunca se arruga y espera plantar batalla: “Con terminar la prueba estaría satisfecho, pero soy muy competitivo e iré a pelear y a ponerle las cosas difíciles a mis rivales. La medalla está complicada, hay gente con experiencia que se dedica en exclusiva al triatlón y a mí me queda mucho camino por recorrer, en un futuro estoy seguro de que estaré arriba”.

Con 19 años ha sido campeón de Europa y subcampeón del mundo en duatlón, así como campeón de España en atletismo y en natación. Hace justo seis años haciendo abdominales se hizo daño en la espalda y en una resonancia descubrieron que tenía un ependimoma benigno. Su paso por el quirófano tuvo un rumbo inesperado.

“Nos dijeron que sería una operación sencilla, pero no fue así. Al quitar el tumor me dañaron la medula espinal y estando en la UCI me dijo el médico de forma tajante que si en 72 horas no movía las piernas, me quedaría en silla de ruedas para siempre. Estaba en shock, me parecía imposible. Mi ilusión era ser militar y jugador de waterpolo, pero mis sueños se rompieron aquel día”, relata.

Regreso a la piscina

El joven de Chiclana de la Frontera pasó un año de rehabilitación en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. “Llegué muy delgado, tocado moralmente y sin fuerzas ni para empujar la silla. Mi estancia allí me hizo madurar de forma obligada, cambió mi forma de pensar y mi actitud, antes con cualquier cosa me venía abajo, ahora lo veo todo de forma positiva. Me di cuenta de que la vida es un regalo y que es nuestra obligación disfrutarla al máximo”, recalca.

El deporte fue su mejor medicina, aunque confiesa que su regreso a una piscina fue traumático. “La noche antes estaba contento e impaciente, pero cuando entré en el agua sentí rabia e impotencia, mis piernas se hundían y no podía moverme como antes, así que dejé de nadar durante un tiempo”, relata.

Probó otros deportes como el tenis o el baloncesto, pero ninguno le aportaba la misma felicidad que la natación. Con el apoyo de su familia volvió a la piscina, aunque “no podía entrenar en la misma que lo hacía de pequeño ya que lloraba al recordar el pasado. Al principio fue duro, nadaba 25 metros y me cansaba, pero no desistí y ahora no bajo de los 3.000 metros en cada entrenamiento”.

Poco después descubrió el triatlón en una travesía y empezó a entrenar con el Club Deportivo Chiclanero. “Jamás hubiese pensado en que me convertiría en la persona que soy hoy día. No cambiaría mi actual vida por la de antes, soy feliz, me dedico a lo que me gusta, viajo…”, apunta. Cada mañana, el gaditano se levanta viendo junto a sus medallas el logo de los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. “Lo miro todos los días, me recuerda para qué estoy luchando, me motiva, ese es mi gran objetivo, mi sueño”, apostilla el triatleta.

 

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