Amputada de un pie por un accidente de moto, es una de las mejores del mundo en snowboard. La barcelonesa acude a sus segundos Juegos Paralímpicos como abanderada española y con opciones de medalla.

Jesús Ortiz / dxtadaptado.com

A Astrid Fina le acompaña, pase lo que pase, una sonrisa perenne dibujada en su rostro. Aunque no siempre fue así. Durante tres años se encerró en casa sumida en una pequeña depresión. En 2009 un coche le atropelló cuando se dirigía en moto a su trabajo en una joyería. Tras un calvario de hospitales y 13 operaciones, sufrió la amputación tibial de su pierna derecha. Pero le ganó la batalla a la adversidad y el snowboard fue su mejor terapia. Ahora, es una de las mejores del mundo y en unos días disputará en Pyeongchang sus segundos Juegos Paralímpicos.

«Los médicos me dieron dos opciones: cortar el pie o quitarme los huesos y quedarme en silla de ruedas o muletas para siempre. Decidí amputar y fue muy duro, evitaba salir a la calle para que la gente no me mirara. No me atrevía a mirar abajo y ver que me faltaba una parte mía. Pero pasé el duelo y lo acepté», relata la barcelonesa.

Todo cambió cuando se puso la prótesis, entendió que la vida le había dado otra oportunidad y quiso recuperar el tiempo perdido. Su amigo Kiko Caballero le invitó a probar el snowboard y se presentó a las pruebas del equipo nacional. Fue seleccionada y un mes más tarde disputó en Eslovenia su primera Copa del Mundo. «Me impresionó mucho ver a deportistas quitándose las prótesis en piernas y brazos con tanta normalidad. Fue lo que me ayudó a asimilar lo mío», asegura.

A Sochi con seis meses de nieve

Con tesón, trabajo y perseverancia, Astrid se clasificó para los Juegos Paralímpicos de Sochi 2014 cuando apenas llevaba seis meses deslizándose sobre la nieve: «Todavía lo pienso y me parece una locura. Iba por todos lados con la boca abierta, alucinaba con cada cosa. No era consciente de dónde estaba, pero quedé sexta y logré un diploma olímpico».

Bajo las órdenes del técnico español Albert Mallol, la ‘rider’ de 34 años ha tenido una gran progresión con buenos resultados, quedando en 2017 segunda en la general de la Copa del Mundo. «En mis inicios el objetivo era bajar y no caerme, me batía solo con el circuito. Mientras mis rivales tardaban un minuto, yo completaba el recorrido en ocho minutos porque siempre estaba en el suelo y me aplaudían cuando llegaba. Aunque hay buen rollo, ahora ellas me miran de reojo porque saben que soy una amenaza», confiesa.

Más experimentada y curtida sobre los circuitos helados con curvas, peraltes y módulos, la catalana aspira a mucho más. «Llego a los Juegos en mi mejor momento, con un buen nivel físico y técnico. Todavía me queda mucho por aprender porque llevo poco tiempo en este deporte, pero estoy preparada para dar guerra y voy con ambición», apunta.

Más segura y veloz

Esta temporada sufrió dos graves caídas que al final quedaron en un susto, pero Astrid está hecha de otra pasta: «En ambas perdí el conocimiento y lo pasé mal. Mi entrenador me dice que está orgulloso de mí porque eso significa que corro más. No le he cogido miedo, al contrario, me ha