El joven valenciano es uno de los jugadores con más futuro de la selección española de fútbol para ciegos y en Madrid disputará su primer Mundial.

Jesús Ortiz / dxtadaptado.com

Es un apasionado del deporte que se juega entre vallas y con un balón sonoro de cascabel donde prima la movilidad, la orientación y la habilidad. Sergio Alamar creció con una pelota atada a los pies, pero tuvo que esperar hasta los 15 años -la edad permitida por la ONCE- para cumplir su sueño: hacer goles en la oscuridad. En unos días disputará su primer Mundial con la selección española con el objetivo de «pelear por las medallas».

Ciego de nacimiento a causa de una distrofia retiniana que solo le permite vislumbrar luces, el valenciano apenas lleva dos años y medio jugando al fútbol para ciegos pero gracias a su talento, desparpajo y velocidad ya despunta entre los mejores. Con ‘La Roja’ disputó los Juegos Paralímpicos de Río 2016 y ganó una plata en el Europeo del año pasado. Además, esta temporada ha conquistado la Liga nacional con Alicante.

Sergio Alamar. Fuente: voymadrid

«Desde pequeño me gusta el fútbol, mi padre y mi hermano me llevaban al parque para jugar, aunque no lo hacía con el resto de niños porque no veía, pero yo era feliz con mi balón. Y en el colegio, cuando llegaba septiembre, siempre quería apuntarme al equipo, pero no me dejaban y cogía unos enfados tremendos», relata.

Hasta que un día, su madre, harta de que estuviese correteando por la casa pegando balonazos, le animó a que practicara atletismo. «Tenía ocho años y estaba gordito, era un niño ‘bollycao’ (risas). Al principio me negué, pero cuando lo probé me encantó. Como nunca había visto correr, me impulsaba con los talones, desconocía que había que correr de puntillas. Me ha ayudado a tener más explosividad, fondo físico y una buena técnica de carrera».

Entre el atletismo y el fútbol

El año pasado tuvo que elegir entre las dos disciplinas y no dudó: «El fútbol tiene un toque de diversión que hace que me enganche, así como practicar cosas nuevas y aprender cada día. Una de las cosas que más me gusta es engañar al rival con cambios de dirección jugando con el cuerpo y con el sonido del balón. Llevas la pelota hacia un lado para que suene y después la pisas y sales por el otro lado».

Ahora, a sus 17 años golea al son del cascabel y se siente libre en la cancha, aunque ha tenido que superar muchos obstáculos. «A veces siento rabia cuando mis amigos hacen ciertas cosas y yo no puedo, pero siempre tiro hacia adelante, de nada me sirve lamentarme. Eso sí, también soy un poco kamikaze y lo intento todo», dice riendo.