La gallega era una promesa de la gimnasia acrobática pero le amputaron la pierna derecha por una negligencia médica. Ahora crece como atleta y disputará su primer Europeo.

Jesús Ortiz / dxtadaptado.com

«Lo único incurable son las ganas de vivir». Esa frase, además de dar título a su libro, la lleva tatuada en su costado Desirée Vila. Se le quedó grabada cuando recibió la peor noticia en el hospital. «Me aferré a ella para levantarme y seguir adelante», asegura. Su prometedora carrera como gimnasta de élite se vio truncada al sufrir una caída en un entrenamiento y debido a una concatenación de negligencias médicas tuvieron que amputarle su pierna derecha. Con dosis de positividad, ganas y perseverancia ha logrado reiniciar su vida con nuevos retos e ilusiones a través del atletismo.

Formaba parte de la selección española de gimnasia acrobática, con la que había disputado un Mundial y se preparaba para el Europeo, cuando en febrero de 2015, mientras realizaba un salto cayó y se rompió la tibia y el peroné. «Tenía una obstrucción en la artería, no circulaba la sangre y no me atendieron al momento, así que al pasar seis horas había peligro de perder la pierna. No hicieron nada por remediarlo y tuvieron que amputar por debajo de la rodilla», relata.

“Fue muy duro, no lo esperaba y me lo tomé muy mal. No es un trago fácil de asimilar para una chica de 16 años, tuvieron que sedarme y estaba con tratamiento antidepresivo. Tenía que dejar el deporte que me apasionaba y practicaba desde pequeña”, lamenta. Tras un largo proceso judicial, el año pasado condenaron al traumatólogo Pedro Larrauri a dos años de cárcel, cuatro de inhabilitación profesional y una indemnización de 2,1 millones de euros. «Mi mayor miedo era perder el juicio, no teníamos dinero para una prótesis, que cuesta 70.000 euros y la primera la pagamos gracias a una campaña», añade.

La deportista gallega recibió ayuda psicológica para pasar el duelo y aunque tuvo alguna recaída, lo afrontó con entereza. «Tuve que madurar rápido, comprendí que no todo se acababa, la vida son dos días y hay que aprovecharla al máximo y disfrutarla en cada momento. Cambié el chip un año después y empecé a sentirme bien, a quererme. Hasta hace poco no enseñaba la prótesis en público, iba siempre con pantalones largos, ahora ya no me da vergüenza, incluso la he personalizado con purpurina dorada, para que me combine con mi pelo», bromea.

Volcada con el atletismo

Le costó regresar al gimnasio donde entrenaba, pero incluso realizó el curso de entrenadora y dio clases a niñas en su pueblo, Gondomar (Vigo). «Sigo entrenando los elementos y figuras de gimnasia, no he podido dejarlo de lado», dice. Pero fue el atletismo el que le abrió una puerta para seguir vinculada al deporte.

«Me dijeron si quería probar la prótesis de correr y no me lo pensé. Empecé en el gimnasio y lo hacía fatal, no tenía la técnica necesaria. A principios de año me llamaron desde la Federación Española de Deportes de Personas con