El joven triatleta andaluz recibe un impulso a su carrera con las Becas Vamos de Cola Cao, que le ayudará en su preparación hacia los Juegos Paralímpicos.

Jesús Ortiz / dxtadaptado.com

‘Si en 72 horas no has vuelto a mover las piernas, estarás en silla de ruedas para siempre’. Así le comunicaron a José Manuel Quintero el giro que había dado su vida con 13 años después de una negligencia médica. La operación de un tumor benigno en la espalda tuvo un rumbo inesperado para este chiclanero, que se agarró al deporte para superar el golpe. Ahora se ha convertido en una referencia del triatlón paralímpico y acaba de ser becado por Cola Cao con una handbike de fibra de carbono con la que podrá perseguir el sueño de ir a los Juegos de Tokio 2020.

«En estos tres años he competido con una bici de aluminio, de segunda mano y que no se adaptaba a mis necesidades. Me medía a rivales con mejor material y eso se notaba en los resultados. Gracias a las Becas Vamos tendré una más ligera, hecha a mi medida, con diseño aerodinámico y más competitiva. Cuesta 18.500 euros, algo inviable para mi bolsillo», relata.

Un nuevo impulso para el deportista andaluz, que ha completado una gran temporada tras ganar el campeonato de España de triatlón, ser octavo en su primer Europeo y campeón de Europa en acuatlón y duatlón. «El que apuesten por mí es una dosis de motivación y confianza, esta ayuda me abre un nuevo horizonte, supondrá un gran cambio tanto en entrenamientos como en el rendimiento en competición», recalca.

Hace poco más de seis años se hizo daño en el coxis haciendo abdominales y en una resonancia descubrieron que tenía un ependimoma benigno que no le estaba dando ningún síntoma pero decidieron operarlo en el Hospital Puerta del Mar en Cádiz. «Me dijeron que sería una operación sencilla, pero no fue así. Al quitar el tumor me produjeron una lesión medular que me obligaría a usar una silla de ruedas para el resto de mi vida. No me lo creía, mi ilusión de ser militar y jugador de waterpolo me la rompieron aquel día», asegura.

Después pasó un año de rehabilitación en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, al que llegó tocado moralmente y sin fuerzas para empujar la silla. «Fue duro, pero aquello me hizo madurar rápido, cambió mi forma de pensar y mi actitud, antes me venía abajo fácilmente, ahora lo veo todo de forma positiva. Me di cuenta de que la vida es un regalo y hay que disfrutarla al máximo. No cambiaría mi actual vida por la de antes, soy súper feliz», sostiene.